Metáfora para el entrenamiento de la memoria.
- Blas Raventos
- 28 feb 2020
- 2 min de lectura
Cómo es que nos olvidamos de la resolvente cúbica pero recordamos cada piquito que dimos, o en su defecto, que recibimos?

Cada vez que un pico es otorgado, un archivo top urgente queda abierto, y como es sabido, los archivos, cualquiera, no sólo los top, así, abiertos, no podían quedar; por lo cual, el archivo se humedece en los rebordes y se cierran cual sobre rivadavia blanco aunque se trate, en este caso, de una flor bajo un piso que tiembla.
Los cimientos de todo lo conocido es puesto en jaque de rayos x, y ante la menor usurpación de la pasividad, con un suave suspiro, el momento queda en el aire en una pausa riquelmiana, y al sentimiento terrícola le dan ganas de volar, de saltar y abanicarse: el aire está muerto de calor, y, sofocado, el peón pide ayuda.
Las torres del castillo de funes se hablan por pager y en un escueto memo deciden encerrar al rey en el rincón -las torres jamás solucionaron mucho nada-, lamentablemente sin antes adelantar al peón harapiento.
Queda así expuesto el problema.
Yo no muevo la mano y la distancia criticada por el lado de la reina, queda inmodificada.
Por otro lado, muevo mi alfil y provoco un jaque doble.
Uno con mi caricia, y otro con mi miembro turgente, provocando un impresentable saludo potencial.
El pico que puede haber nacido del ingenio inocente (aún si el diego no lo haya adivinado a tiempo, debe decirse), puede asímismo, traer un crío prontamente.
Por eso, el miembro ya enroquecido y apretujado, se apoya sobre tu pierna, pero nos alejamos sonrojados, cuando termina de sonar el lento no tan lento pero que daba para apretar un milimetro más.
El pico imaginado nos tuvo en la palma de su mano aniñada y rosada.
No ocurrió esa vez, pero alguien más lo va a ligar.
El pico lo entregábamos, preocupados por nuestra memoria.
Sólo conservamos lo que usamos, y ya sabíamos, que nadie olvida un pico, ni siquiera uno imaginado.



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