1942
- Blas Raventos
- 2 mar 2020
- 1 min de lectura

No se le dice que no al fuego.
Por una miríada de razones.
Para empezar simple, el calor.
Para concluir con elegancia, el morfi.
Para un intermezzo delicado, el apareamiento de mediodía.
El fuego silenciado temporalmente en la hogera,
Y continuado generosamente en los cielos
Azules tus ojos, suave tu pelo, tentadores
Los pétalos que te donaron por orejitas.
La clave del fuego es su historia.
Eslabón dionisíaco del avance humano.
Hasta barracas detiene su marcha al oirle nombrar.
Bastaría una flama suya para hacer retroceder al más frío de todos los peones de Napoleón.
Dicen que los rubios vikingos morían en la máxima dicha si cedían a sus cosquillas eternas.
Quizás por eso El rayo de Odín se le parece tanto.
Pero lo definitorio de este pequeño verso tallado en papel metal,
Es el fuego que nos da vida,
Dado que, reina mía,
El fuego, es mi espíritu.



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